Relatos de un tiroteo: familia hondureña cuenta su experiencia en Las Vegas

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Confundidos entre lo que parecía fuegos artificiales y detonaciones, una familia hondureña escuchó las ráfagas que acabaron con la vida de 59 personas en Las Vegas, Estados Unidos.

Rubén Blanco llegó a los Estados Unidos en el 2004 y tras vivir seis años en Los Ángeles se mudó a Las Vegas en el 2010 en busca de un mejor destino. Junto a él llegaron sus hermanos James y Gabriela, con sus respectivas familias, también desde Los Ángeles; y tiempo después, su madre, Diana Escobar, procedente de Phoenix. Todos ellos son nativos de San Pedro Sula.

Dice que temprano fue a traer su vehículo donde el mecánico y tras pasar algunas horas en su casa, en un complejo de apartamentos llamado International Villas, a pocos minutos del Mandalay Bay, se dispuso a salir con su hermana Gabriela y su cuñado, Jorge Chula Aparicio, a celebrar el cumpleaños de ella, que había sido a mediados de semana.

Cuando salieron, horas antes de la masacre, pasó por el Mandalay Bay “y me tuve que parar en una luz roja frente a la entrada de la arena donde iba a ser el concierto”.

“Había mucha seguridad, muchos policías, incluso con perros y espejos que ponían debajo de los carros que entraban. Por eso me extrañé que alguien pudiera pasar un arma por allí, pero después me di cuenta que los disparos los hicieron desde el hotel”, refirió ayer lunes, este hondureño de 34 años, dedicado a la industria de la construcción.

Diana Gabriela y Jorge Chula estaban en su habitación viendo una serie de televisión, cuando fueron alertados de lo que sucedía.
En Las Vegas también vive Diana Escobar, desde hace cinco años. Ella es la mamá de Rubén y de Gabriela, todos originarios de San Pedro Sula.

Cuando volvieron de cenar, estuvo viendo televisión junto a su esposa Wendy Mejía, originaria de Santa Bárbara y sus niños.

“Eran después de las 10:00. Estaba en mi cuarto con el teléfono en la mano cuando escuché la primera ráfaga, luego otra y una tercera. Después se quedaron oyendo golpes como de enfrentamiento de arma corta, de pistola”, manifestó.

En ese momento abrió la ventana de su apartamento para sondear el ambiente y, platicando con Wendy, él le dijo que eran tiros lo que había escuchado. Ella le respondió que no, que posiblemente era una máquina perforadora porque en una propiedad cercana hay una construcción; especularon que podrían haber sido fuegos artificiales, algo muy común en Las Vegas, pero segundos después comenzaron a escuchar en la calle el sonido de sirenas policiales y de ambulancias.

Encendieron el televisor y se dieron cuenta del horror.

CORRÍAN DESPAVORIDOS

A esa misma hora, en otro edificio del mismo complejo de apartamentos, su madre Diana Escobar también se entretenía mirando el Facebook en su teléfono, cuando escuchó el golpeteo de la metralla, algo que ella describió como un sonido indefinido, “como cuando intentan encender un carro y no pueden”.

Diana Gabriela y Jorge Chula estaban en su habitación viendo una serie de televisión, cuando fueron alertados de lo que sucedía.
Se puso en alerta y de repente comenzó a escuchar voces de jóvenes que hablaban en inglés de forma alterada y que se acercaban corriendo. Se asomó por una ventana y vio a una pareja en un patio interior de los apartamentos, que no son de acceso público. “Estaban agachados, como tratando de ocultarse y se miraban muy asustados. Cuando se acercaron otros muchachos salieron corriendo junto a ellos”.

Desde su teléfono le puso un mensaje a su hija, Gabriela, que estaba junto a su esposo Jorge Chula en otra habitación del mismo apartamento. En ese momento la pareja estaba viendo una serie en Netflix y el sonido del televisor les impidió escuchar las balas.

Al salir solo alcanzaron a ver que los jóvenes se alejaban despavoridos sobre los muros.

SALTÓ SOBRE LOS CUERPOS

El encargado del complejo de edificios, el guatemalteco Albert Lemus, estaba cerca de los apartamentos cuando inició el ametrallamiento.

Relata que de inmediato identificó que se trataba de armas de fuego y temió lo peor cuando empezó a ver jóvenes que ingresaban corriendo a la propiedad, y al llegar al fondo se saltaban un cerco de casi dos metros de alto, todo con tal de alejarse de la zona de peligro. Eran los mismos jóvenes que habían visto Diana y Gabriela.

Albert Lemus conversó con algunas personas segundos después de la masacre. Él es de Guatemala y vive en Estados Unidos desde 1980.

Salió del complejo de apartamentos y caminó unos 300 metros, hasta una gasolinera de la calle Tropicana, más cerca del Mandalay Bay.

Allí era la locura, con decenas de ambulancias circulando en todas direcciones, agentes policiales que ponían cintas y cerraban calles, y gente corriendo, gritando, intentando ubicar a familiares y amigos, en pánico, porque creían que el tirador podía comenzar a disparar de nuevo.

“Una señora que hablaba por teléfono estaba intentando localizar a su hija, muy nerviosa, pero en ese momento la ubicó y se tranquilizó”. Ella le contó que para salir del sitio del concierto “tuvo que saltar sobre los cuerpos de la gente que había sido alcanzada por las balas”, señala Lemus, quien llegó a Estados Unidos en 1980.

REACCIONES

TRES RÁFAGAS

Fueron tres ráfagas las que escuché, después los golpes de arma corta y segundos más tarde comenzaron las sirenas por todos lados. “Hoy, las calles amanecieron cerradas en todo alrededor”.

LA GENTE CORRÍA

La gente corría desesperada, en pánico, porque creían que el tirador podía andar suelto y estar entre ellos. “Una señora me contó que para salir saltó sobre los cuerpos de la gente que había sido alcanzada por las balas”.

DATOS

En el momento del crimen se realizaba la presentación del cantante Jason Aldean, la figura estelar del festival Route 91 Harvest. Este evento se realiza en Las Vegas desde el 2014, tiene una duración de tres días, en los que cantantes de blues y country del momento interpretan sus mejores temas. Los boletos costaban 210 dólares para los tres días del concierto.

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