Entre líneas: El valor de ser hombre

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Entre líneas

 El valor de ser hombre

Por Roger Marín Neda

       La integridad, el valor, la lealtad, son valores esenciales para los hombres y las mujeres que tienen cargos públicos y políticos de cualquier signo, como muestra la vida del senador McCain. Pero ser hombre y mujer verdaderos, en cualquier posición de la vida, requiere  los mismos valores. Es cuestión de principios morales.
Roger Marín Neda es un columnista de temas políticos, económicos y culturales, muy respetado por sus enfoques penetrantes y su criterio objetivo e independiente.
O de ser mujer, que en el ejemplo aquí examinado, más que de grandeza, se trata del valor de alcanzarla –o despreciarla- sin sacrificar principios a los oropeles de la figuración y del éxito social.

Tal reflexión viene al  observar que las referencias mortuorias al senador John McCain son tan uniformes y mediáticas, que opacan rasgos ejemplares de sus servicios a la profesión política y a su país.

La definición casi exclusiva del senador como héroe de la guerra de Viet Nam, le iguala a tantos que sus otros méritos pierden brillo.

Su agudo sentido de la justicia debió notar que la guerra era contra un pueblo lejano que nada malo había hecho a Estados Unidos, que  esa guerra era impopular en su país, y que  los halcones guerreristas la calificaron como “trágico error”, después de su derrota.

Ahí comienza la verdadera grandeza de McCain. Cae prisionero y rechaza una liberación que el enemigo quería usar como propaganda, porque su padre era almirante, uno de los jefes de la guerra. De aceptar el perdón, se habría evitado tres años más de cautiverio y torturas.

Como político, McCain, conservador íntegro, adversaba a su partido en las causas que creía injustas o incorrectas.

Hombre de armas,  defendía la Asociación Nacional del Rifle, cuyo presidente vitalicio era el actor Charlton Heston.

Y cuando un periodista le preguntó si Heston era su actor favorito, contestó que era Marlon Brando. Preguntado por la mejor película, votó por ¡Viva Zapata!, protagonizada por Brando.

Zapata, líder de la revolución mexicana y disidente cuando ésta tomó un giro distinto al de sus convicciones, siguió leal a la causa hasta que fue asesinado.

Más reveladora fue la respuesta sobre la mejor novela: “Por quién doblan las campanas”, que el escritor de izquierda Ernest Heminway ambientó en  la Guerra Civil Española, donde  fue   corresponsal de prensa.

El personaje de la novela, Robert Jordan, de Montana, voluntario comunista en las filas republicanas, observa, como Hemingway, que intereses personales y sectarismos ideológicos internos, en ambos bandos,   causan dolorosas injusticias y millares de muertes absurdas.

Jordan dijo que “uno no es como acaba, sino como es en el mejor momento de su vida”.

Una mañana supo que él acabaría en el mejor momento de su vida. Herido en una operación fallida,  perseguido su grupo por       tropas franquistas, sabe que será una carga para la retirada, y decide quedarse solo, combatiendo en espera de la muerte. María, el amor de su vida, quiere morir con él, y tienen que llevarla por la fuerza.

Malherido, Jordan respira la fragancia de los pinos de la sierra española, y recuerda los de su amada Montana. Con esta memoria, se  prepara para morir.

Zapata y Jordan, revolucionarios, son modelos del deber y del honor en el  pensamiento conservador de McCain, cuya compleja personalidad solo está comprometida por  sus propios valores.

Los libros de McCain, que tratan de integridad y lealtad, explican su dualidad de conservador  y defensor de causas liberales, como la migración, y la oposición vertical a un presidente contrario a las visiones fundamentales del Partido Republicano.

McCain es viva lección de ética del poder, por entero aplicable a nuestra política.

Porque no importa si un partido o un político son de izquierda, de derecha, cachurecos, colorados o populistas. Todos son necesarios. Lo que importa es la definición transparente de sus convicciones, su integridad cívica, su opción permanente por cosas más importantes para la nación que la política partidaria.

Lo que cuenta es  el valor de ser hombres y mujeres, de ser nosotros mismos, veraces, íntegros, leales, sin calcular ni claudicar, hasta el final de la aventura dulce y amarga de la vida, que no sería maravillosa si no retase nuestros valores en todo momento. Eso es lo que hace hombres y  mujeres de verdad, no ficciones listas a traicionar por pasiones mediocres.

Tegucigalpa, 12 de setiembre, 2018.